La Conferencia del Episcopado Dominicano (CED) en el Día Internacional de la Mujer, felicita a todas las mujeres del pueblo dominicano y resalta a su vez el valor innato que estas tienen, los derechos que les corresponden y su papel en la sociedad, siendo luchadoras, trabajadoras y promotoras de la familia y de la vida.

Es de alabar el hecho de que la mujer dominicana cada vez más se preocupa por su propia formación y desarrollo, con una participación más activa y de incidencia en la vida social y política de la Nación.

Recordemos tantas mujeres que se han destacado en nuestra Nación con sus aportes patrióticos, en defensa de los pobres y las luchas justas; mujeres que han brillado por su tarea educativa en las artes o en las ciencias. Pensemos en algunas de ellas: María Trinidad Sánchez, María Baltazara de los Reyes, Concepción Bona, Salomé Ureña, Ercilia Pepín, Evangelina Rodríguez, Elupina Cordero, Victoria de la Cruz “Doña Chucha”, Trina Moya de Vásquez, las hermanas Mirabal, Florinda Soriano “Mamá Tingó y Altagracia Casandra Damirón, por citar algunas.

Como expresábamos en el Mensaje del pasado 27 de febrero, este es un pueblo de mujeres trabajadoras; sólo tenemos que ver cada mañana cómo se desplazan a su lugar de trabajo y la cantidad de iniciativas y de peripecias para ganar el sustento de sus hijos. La capacidad de sacrificio motivado por el amor de tantas madres, son ejemplos de dignidad, de entrega y de abnegación total; ellas son las que han sembrado y siembran los grandes valores humanos en nuestra sociedad y en nuestros hogares.

Las mujeres que han triunfado en la vida y han aportado grandes beneficios a la humanidad, han sido aquellos que han tenido una actitud positiva u optimista ante cualquier circunstancia: por eso salen victoriosas incluso ante los problemas y dificultades por difíciles que sean, son proactivas, no negativas ni reactivas.

En la Carta Pastoral del 21 de enero de 2017, citamos que la Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con sensibilidad, intuición y capacidades peculiares.

Reiteramos nuestra invitación a dar gracias a Dios por el tesoro que nos ha ofrecido y actualmente nos ofrece en cada mujer de nuestro pueblo. Invitamos a todos a respetar su dignidad y especialmente, a educar a niños, adolescentes y jóvenes para que hagan lo mismo.

Les recordamos que la mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina. Por el contrario, la dignidad de la mujer se relaciona con el amor que ella recibe por su femineidad, y también con el amor que, a su vez, ella da.

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