Compartimos la homilía pronunciada por S.E.R. Mons. Héctor Rafael Rodríguez Rodríguez, obispo de La Vega, en la celebración eucarística de Nuestra Señora de las Mercedes. 

Excelentísimos Señores. Presidente y Vicepresidenta de la República, Luis Rodolfo Abinader y Raquel Peña; Distinguida Primera Dama, Raquel Arbaje; Honorable Presidente del Senado de la República, Ing. Eduardo Estrella; Señora gobernadora, Luisa Alt. Jiménez; Señor alcalde Ing. Kelvin Cruz, Senador Rogelio Genao, señores Ministros presentes, autoridades civiles y militares, pueblo de Dios. Agradecemos la presencia del Sr. Presidente, quien participó el año pasado junto a su esposa, como precandidato presidencial. Ofrezcamos esta eucaristía para agradecer al Señor y presentar a los pies de la Virgen su recién estrenado proyecto de gobierno, para que no le falte el discernimiento, la sabiduría del Espíritu y la compañía y protección de la Virgen.

Hemos sido convocados por el Señor y nuestra Madre espiritual para celebrar este día de regocijo nacional en honor a Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de la República Dominicana. Lamentamos la circunstancia en que estamos celebrando, a causa de la pandemia del coronavirus, que nos ha obligado a tomar un conjunto de medidas “odiosas” para algunos, pero apegadas a la prudencia y al protocolo establecido por la Organización Mundial de la Salud, avalado por las autoridades dominicanas. Espero que la feligresía entienda la importancia de las medidas aplicadas, a fin de evitar situaciones de desorden que podamos lamentar en el futuro.

La misión de la virgen de las Mercedes se asocia a la libertad de sus hijos. Junto a Cristo, María nos libera de la esclavitud espiritual y material, destruyendo las cadenas del pecado, es decir, todas esas situaciones espirituales, sociales y culturales que nos alejan del camino de Dios. Las cadenas rotas en manos de la Virgen simbolizan su acción liberadora a favor de sus hijos esclavizados por situaciones pecaminosas, en cualquiera de sus manifestaciones: moral, social, política, medio ambiental, familiar…

En la primera lectura de Jeremías, el Señor promete hacernos libres: romperé el yugo sobre tu cuello y tus correas arrancaré… Pero contigo no acabaré; aunque sí te corregiré como conviene, ya que impune no te dejaré”. Repito una vez más algo que digo con frecuencia: perdón sí, impunidad, jamás. En tal sentido, cualquier violación de la ley ha de ser debidamente sancionada. Nadie puede pretender formar parte de una sociedad civilizada pretendiendo hacer lo que le venga en gana, burlándose de la ley, y sin régimen de consecuencia.

En la segunda lectura San Pablo dice que “para ser libres Cristo nos ha liberado”, señalando un modo de vivir que esclaviza y otro que genera libertad. El modo de vivir que esclaviza destruye el sueño de libertad de Dios, y se manifiesta en “la fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes…”. Y otro modo de vivir que libera, se manifiesta en “el amor, la alegría, la paz, la paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí”. Nosotros, como creaturas de Dios hemos de establecer estructuras liberadoras en base a la decencia, el respeto, la sana tolerancia, la escucha, buen vivir, paz, justicia, cercanía, trabajo, esfuerzo, honestidad… la clave nos la da la Virgen en el Evangelio de hoy: “Hagan lo que él les diga”, es decir, la obediencia a Cristo.

A los pies de nuestra Madre, como ciudadanos preocupados y deseosos de que nuestro país sea un referente ético e institucional para el resto del mundo, pidamos al Señor que rompa las estructuras que nos esclavizan, de manera especial aquellas que han sido creadas-fabricadas por nosotros y que se han ido convirtiendo en una especie de “monstruos inmanejables”. Me da la impresión de que la corrupción, la permisividad sin límites, el desorden institucional y la delincuencia que desafía a las autoridades a pesar de los esfuerzos que se realizan son algunos de esos monstruos que se han salido de control y que a veces, ni siquiera las leyes pueden con ellos.  

Para evitar la creación de estos “monstruos” es muy importante que la ciudadanía, empezando con nuestras autoridades, respeten, cumplan y hagan cumplir el soberano mandato de nuestra Constitución y nuestras leyes… Es necesario fortalecer las instituciones, porque traerá como consecuencia un Estado más ágil, funcional y organizado. Hay que garantizar que las leyes regulen el accionar de cada ciudadano y no permitir el sometimiento de las leyes a los caprichos y malas prácticas personales.

En este sentido, me satisfizo mucho esta frase del discurso del Sr. Presidente el pasado 16 de agosto: “No existen transformaciones sin las reformas institucionales necesarias que garanticen que somos un pueblo de leyes y no una comunidad sometida a la cambiante voluntad de sus gobernantes. Por ello, uno de los primeros decretos que firmaré hoy será para designar un Procurador General políticamente independiente capaz de hacer lo justo, incluso si todos están en contra, y de evitar lo injusto, incluso si todos están a favor”. Que viva el imperio de la Ley.

No podemos permitir que nuestra sociedad descanse en el desorden, la mentira, la permisividad y la corrupción sin régimen de consecuencias. En este sentido, hay señales muy positivas y esperanzadoras en este momento de nuestra historia: Lo ocurrido con la Procuraduría General de la República, lo iniciado en la Victoria (porque no creo que sea la única cárcel desde donde opera el crimen organizado), o en la Dirección General de Ética e Integridad Gubernamental, el primer día de este gobierno, donde públicamente se exigió honestidad, transparencia e integridad a todos los funcionarios públicos; o la intención expresa de colocar en la Junta Central Electoral y Cámara de Cuentas funcionarios que no tengan vínculos ni intereses comunes con las personas e instituciones que deban arbitrar… es dañino que los partidos políticos continúen repartiéndose las posiciones de instituciones que deben ser imparciales por naturaleza y garantizar la tan anhelada paz social.  

Es igualmente esperanzador la implementación de políticas públicas tendientes a solucionar los problemas prioritarios que afectan a la población: la salud pública, vivienda, la violencia intrafamilar, seguridad ciudadana, el descalabro económico… Estas acciones generan credibilidad y confianza hacia los gobernantes.

Pienso, sin embargo, que hay que enfrentar el reto de cerrar la odiosa brecha de la desigualdad social, que provoca que los pobres tengan pocas oportunidades de gestionar, de manera autónoma, su propio desarrollo. Con un sostenido apoyo gubernamental y una buena capacitación, los pobres saldrán de su espiral de pobreza, a través de sus propias iniciativas; no con simples dádivas y planes asistenciales que fomentan el parasitismo social. Los pobres no son mendigos pordioseros. El pobre debe y puede ser agente de su propio desarrollo.

Finalmente, hay un mal peor que el Covid que nos está ganando la guerra: Al hablar ayer en el Consejo de Seguridad de la ONU, el Presidente mostró su preocupación por los problemas causados por el cambio climático, de manera especial en los territorios insulares a causa de su gran fragilidad. Pienso que la ambición es la mayor amenaza a nuestros recursos naturales. Porque por lo general se piensa más en las riquezas obtenidas que en el daño causado. No olvidemos que es muy peligroso producir riquezas a como dé lugar, sin importar las consecuencias.

El cuidado del medio ambiente supone enfrentarse a una visión insaciable del enriquecimiento sin límites, que genera una cultura de muerte. La Madre Tierra se está desangrando, muchas multinacionales le están cortado las venas para darnos dinero a cambio de su muerte. En Chile acaban de cerrar una minera a causa de los irreparables daños medioambientales ocasionados por la misma.

Desde este púlpito repito una vez más, como ocurre con los juicios en los tribunales, para que no periman: NO A LA EXPLOTACIÓN DE LOMA MIRANDA, salvemos al agonizante río Camú, nuestros bosques y áreas protegidas… nuestra isla es un paraíso para disfrutarlo, no para comprometerlo a cambio de un dinero incapaz de fabricar agua, árboles, manglares, corales y nuestra compleja biodiversidad. Es nuestro deseo que el actual Ministro de Medio Ambiente se muestre menos indiferente, más amigo del medio ambiente y más enérgico con quienes lo explotan de manera salvaje.

Pidamos a Nuestra Señora de las Mercedes que destroce todas las cadenas que esclavizan al pueblo que ella patrocina (RD), de manera especial esta pandemia que afecta a todo el mundo.

¡Que viva la República Dominicana, que viva Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona del pueblo dominicano! Amén.

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