UNA IGLESIA DE DISCÍPULOS MISIONEROS

Muy queridos hermanos y hermanas:

Les saludo con emoción en nombre del Santo Padre Francisco, quien en la carta en la que me nombra Enviado Extraordinario para esta magna conmemoración de los quinientos veinticinco años de la primera misa en el Nuevo Mundo, me dice:     

“Te pedimos que cuando presidas las celebraciones saludes en nuestro nombre, desde lo más profundo del corazón, a los asistentes, y les expreses nuestro sincero afecto”. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, el Papa les lleva en su corazón de pastor universal de la Iglesia, un corazón latinoamericano.

A renglón seguido, el Santo Padre añade:

“Te pedimos que exhortes a todos los creyentes, principalmente a los sagrados pastores, a que conserven siempre la fe católica, la proclamen con valentía y la hagan vida por medio del amor y las buenas costumbres”.

  1. “Todo comenzó aquí”

“Todo comenzó aquí”. Con legítimo orgullo me lo hacía notar mi querido hermano y amigo, Monseñor Ramón de la Rosa. Esas tres palabras siguen resonando en mi corazón.

Sí, mis amados hermanos y hermanas, todo comenzó aquí. La carta pastoral colectiva del episcopado dominicano “La Eucaristía, fuente de comunión, impulso para la misión”, que ustedes han estudiado, meditado y aplicado, se inicia precisamente con esta idea:

“Desde el umbral de la misión evangelizadora en el Nuevo Mundo, el pueblo de Dios que peregrina en la República Dominicana se ha alimentado del pan del cielo servido en la mesa eucarística. Esta isla tiene el privilegio de haber sido el escenario donde se celebró la primera Misa en América, presidida por el Padre Bernardo Boyl, delegado apostólico, en La Isabela, Puerto Plata, el 6 de enero de 1494” (n.1). 

Es verdad, aquí comenzó todo y por eso estamos aquí. Aquí comenzó todo, durante el segundo viaje de Colón. Ocho años después, en lo que hoy es Puerto Trujillo, en la costa norte de Honduras, en un escenario como éste, la hostia santa se elevó por primera vez en la tierra firme del continente americano. Dice la crónica que Cristóbal Colón no pudo asistir porque se encontraba enfermo y que lo representó su hermano. En esa ocasión el enviado extraordinario del Papa Juan Pablo II fue nuestro cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez.

Jesús llamó a los primeros discípulos junto al mar. Y junto al mar, le dio la orden a Pedro: “Rema mar adentro”.  Lo evoca San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica “Novo Millennio Ineunte”. Meditemos su inspirada e inspiradora exhortación, que comienza con la invitación a “recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro (porque) Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8).

En primer lugar, venimos a recordar. Y recordar, dice el Papa, es volver al corazón. Volvemos al corazón para dar gracias al Señor porque es tan grande su misericordia. Venimos a recordar.  

En segundo lugar, el Santo Padre nos pide vivir con pasión el presente: Ustedes lo han hecho como Iglesia sobre todo durante todo un año de preparación que sus pastores declararon AÑO DE LA EUCARISTÍA, un año de gracia que atrajo a este santo lugar peregrinos de las once diócesis y del ordinariato militar. Aquí tenemos 525 representantes de cada una de esas circunscripciones. Les saludo con inmenso cariño y estoy seguro que ese regalo de Dios nunca lo van a olvidar.

Y estamos aquí para abrirnos con confianza al futuro. Por eso, al final de esta maravillosa celebración, tendrá lugar el lanzamiento de la Segunda Etapa del Plan Nacional de Pastoral.

Permítanme repetir una vez más, con emoción y gratitud, que aquí comenzó todo.

 Y en ese comienzo entró en escena el joven laico Ramón Pané, a quien con justicia llaman “el primer catequista de América”. Nos hace bien recordarlo en vísperas de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar muy cerca de nosotros. Me emociono al imaginar a ese joven de menos de treinta años que participando en esa primera Eucaristía. Era tal su pasión por el Evangelio, que aprendió las lenguas de los indígenas para poderlos evangelizar y preparó a una familia de indios taínos para el bautismo; una familia que le acompañó en sus correrías apostólicas y que fue asesinada por haber cambiado de fe. ¿No serían los miembros de esta familia los primeros mártires de América?

Al hablar de martirio viene a mi mente la figura entrañable de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien en esa misa inconclusa del 24 de marzo de 1980, cambió las lecturas, escogiendo el capitulo doce de San Juan, donde Jesús se compara al grano de trigo sembrado en la tierra. Nuestro San Romero de América y del mundo, hizo este breve comentario: “Si no muriera, el grano se quedaría solo. Si da fruto es porque muere, de deja deshacer en la tierra, y sólo deshaciéndose, produce la cosecha”. Ese día, Monseñor no tuvo lectores ni acólitos; él mismo proclamó las lecturas, sin moverse del centro del altar. Segundos después de la homilía, mientras se disponía a ofrecer el pan y el vino, un certero disparo atravesó su corazón”. El Papa Francisco, el día en que lo canonizó, quiso llevar el cíngulo ensangrentado del primer santo salvadoreño.

  1. “Levántate, brilla, Jerusalén, la gloria del Señor amanece sobre ti”

He escuchado las palabras del profeta Isaías imaginando que con su mirada penetrante vislumbraba el Nuevo Mundo, ese mundo desconocido que el 12 de octubre de 1492 fue avistado por Rodrigo de Triana. Podemos afirmar con certeza que en esa pequeña isla llamada Guanahaní, cuya ubicación exacta se desconoce, y a la que Colón bautizó con el nombre de San Salvador, el Señor había puesto su mirada desde el origen de la creación. Y tenemos derecho a pensar que el descubridor plantó una cruz, mientras la tripulación rezaba una oración.

También un 12 de octubre, pero de 1984, el joven pontífice Juan Pablo II, inauguró en Santo Domingo, la novena de años como preparación del quinto centenario del inicio de la evangelización de estas tierras.  El Papa Wlojtyla dijo que realizaba este viaje “siguiendo la ruta que, al momento del descubrimiento del continente, trazaron los evangelizadores”.

El Papa Wojtyla volvió el 12 de octubre de 1984 para inaugurar la novena de años. Un año antes, después de visitar El Salvador, había pronunciado en Haití, delante de la asamblea del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), la consigna de la Nueva Evangelización, “nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”.

La novena de años desembocó en la celebración de la Cuarta Conferencia General del episcopado latinoamericano y caribeño, en la capital de este país. Es bueno señalar que fue en esa asamblea episcopal del continente cuando, por iniciativa de Monseñor Francois Gayot, se incluyó explícitamente en las siglas CELAM a las naciones del Caribe.

+ “Y caminarán los pueblos a tu luz”.

Aquí comenzó todo. El Papa Francisco nos exhorta con vehemencia:

“Necesitamos de esta luz que viene de lo alto para responder con coherencia a la vocación que hemos recibido. Anunciar el Evangelio de Cristo no es una opción entre otras posible. Para la Iglesia ser misionera no significa hacer proselitismo; para la Iglesia, ser misionera equivale a manifestar su propia naturaleza: dejarse iluminar por Dios y reflejar su luz. Este es su servicio, no hay otro camino. La misión es su vocación: hacer resplandecer la luz de Cristo es su servicio. Muchas personas esperan este compromiso misionero, porque necesitan a Cristo, necesitan conocer el rostro del Padre” (Homilía del 06.01.16).  ¡Qué estimulante motivación para el envío que haremos al final de esta inolvidable Eucaristía, al realizar el lanzamiento de la segunda etapa del Plan Nacional de Pastoral, que abarcará los próximos diez años!

Para llevar adelante esta apasionante aventura, cuentan con una segura hoja de ruta: la exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”. En este documento programático, el primer papa latinoamericano   sueña con “una Iglesia pobre para los pobres”, que retoma de San Pablo VI “la alegría de evangelizar”, que nos impulsa a ser “una Iglesia en salida” que sabe ir a las periferias geográficas y existenciales para llevar allí la ternura de Dios. Por eso que ha propuesto a toda la Iglesia la experiencia del discipulado. Es un pastor que evangeliza con lo que es, con lo que hace y con lo que dice; es el papa que pide a los obispos “fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32).}”. Y a renglón seguido retoma su famosa imagen del pastor que va delante, en medio y detrás del rebaño: “a veces estará delante para indicar el camino y dar la esperanza del pueblo; otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa; y, en ocasiones debe, caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos” (EG 31).

 Se trata de una comunión dinámica, abierta y misionera que implica entender la evangelización como un proceso que, como lo describe la exhortación postsinodal “Iglesia en América”, tiene como punto de partida imprescindible el encuentro con Jesucristo vivo, un encuentro que desencadena un proceso de “conversión, comunión y solidaridad”. Como sabemos, el Documento de Aparecida añadió dos elementos más a este proceso: el discipulado y la misión. El mensaje final de esta quinta conferencia general lo expresa en una forma muy estimulante: debemos ser, ante todo, “una Iglesia que se hace discípula”, para poder ser, con autenticidad, “una Iglesia que forma discípulos”. Si no intentamos estos, ningún plan pastoral tendrá el éxito que deseamos.

  1. De la mano de María, nuestra Señora de la Altagracia

Quizá muchos no lo hemos notado, pero aquí se está realizando lo que nos cuentan los Hechos de los apóstoles, que estaban reunidos en el Cenáculo “con María, la Madre de Jesús”.  Los obispos dominicanos la invocan en la conclusión de su carta pastoral colectiva sobre la Eucaristía:

“Que la Virgen Santísima, Nuestra Señora de la Altagracia, Madre del Salvador, cuyo pesebre donde está colocado el Niño Jesús, tiene forma de altar, donde se coloca cada día, en cada misa, el Cuerpo del Señor, les bendiga”.

Quisiera concluir evocando ese momento porque fue allí donde se celebró la primera Eucaristía de la historia. Escuchemos las bellas expresiones del Papa Francisco cuando estuvo allí, donde comenzó todo para la Iglesia:

“Aquí, donde Jesús consumó la Última Cena con los Apóstoles; donde, resucitado, se apareció en medio de ellos; donde el Espíritu Santo descendió abundantemente sobre María y los discípulos. Aquí nació la Iglesia, y nació en salida. Desde aquí salió, con el Pan partido entre las manos, las llagas de Jesús en los ojos, y el Espíritu de amor en el corazón. En el Cenáculo, Jesús resucitado, enviado por el Padre, comunicó su Espíritu a los Apóstoles y con esa fuerza los envió a renovar la faz de la tierra” (Homilía, 26.06.14).

“Con la Eucaristía, fuente de comunión, impulsamos la misión”.

Puerto Plata, 5 de enero de 2019.

Gregorio Rosa Chávez

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